Desde que el padre dejó de llegar a la casa, el vacío era profundo.
El Televisor se movía, los hipnotizaba a todos.
Hacía dormir al bebe con sus canciones de cuna, entretenía a Francisca con los programas juveniles y complacía a la madre en la censurada franja nocturna.
Cada sábado los reunía a todos con una cada vez más vacía entretención.
El aparato bailó, protegió y también hizo parecer todo armonioso incluso cuando no lo era.
Todo esto duró diecisiete años.
Hoy sabemos que era un secuaz más de la época negra.
Y lo más triste es que el Televisor nos sigue bailando e hipnotizando en el momento en que más creemos ser libres.


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